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La sencilla poesía de los desamparados: The Lady in the Van de Nicholas Hytner

Esta ocasión, nos distanciaremos un poco del horror y de «Mondo Macabro» para revisar algo totalmente diferente, algo mucho más cercano que nos identifica y también toca fibras sensibles aunque de un modo opuesto, es decir algo relacionado a lo humano.

Ciudad de México, vista aérea.

Las ciudades resultan fenómenos muy complejos de tratar, ya que ahí se ponen en juego muchos elementos; la relación sujeto/ciudad es en gran parte un fenómeno social y antropológico, en tanto que ahí convergen masas de gente, el sujeto crea estos espacios llamados ciudades para habitar en ellos, en donde millones de personas todos los días se despiertan, se alimentan, defecan, tienen sexo, se reproducen o se multiplican (no necesariamente por reproducción, puede ser por procesos de migración, personas que se emigran y se asientan en las ciudades), conviven entre ellos, se desesperan, trabajan, especulan económicamente, compran, venden, se alegran, lloran, ríen, aman, odian, construyen, destruyen, nacen, mueren, se duermen; las personas son gregarias por naturaleza y se necesitan mutuamente para sobrevivir, para compartir lazos afectivos, sociales, culturales, religiosos, políticos, económicos, organizarse en sociedades, crear instituciones, etc. Las ciudades son uno de esos sitios donde se encuentran puntos de coincidencia.

Las ciudades son universos llenas de mundos, estos son las cabezas, es decir los pensamientos de cada individuo con su respectiva vida y preocupaciones. Sería fácil entonces estar de acuerdo con decir que no existe una realidad «única y objetiva», cada contexto ya sea cultural, social, e incluso individual, forma parte de muchas realidades subjetivas (a veces, personales) que dan como resultado unas condiciones muy específicas.

Dubai, Emiratos Árabes Unidos

Pero también, las ciudades son muchas otras cosas como por ejemplo fenómenos arquitectónicos y urbanísticos, tecnológicos, también muchas veces son monstruos económicos, tienden a ser urbes gigantescas, aunque también existen ciudades mas pequeñas, de algunos miles o cientos de miles de habitantes, donde muchas veces se ve muy marcado el contraste entre los diferentes estratos sociales y económicos; aunque no así en todos los países, en muchas ciudades sí existen altos índices de marginalidad, de gente en pobreza extrema o personas que han sido relegadas (o se han relegado) al margen de la sociedad por diversas circunstancias. Peor aún es cuando por ignorancia, estos indigentes se convierten en objeto de humillación, maltrato físico o psicológico, rechazo, asco o burla por parte de la gente que pasa cerca de ellos.

“Doña Pili” y su perrito. El Fisgón de Guanajuato (Fb) 16 de octubre del 2017

Haciendo una pequeña digresión, en otro contexto totalmente diferente, la compañía Disney sacó en 1996 su película El Jorobado de Notre Dame, adaptación animada muy sui generis (es decir, hecho «a la manera Disney«) de la novela Nuestra Señora de París del escritor francés Víctor Hugo (1802-1885). En esta película existe un personaje, una hermosa gitana llamada Esmeralda que vive marginada, relegada de la sociedad, debido tanto a su deshonroso origen gitano como a sus costumbres, ella es el objeto de deseo de Quasimodo (el protagonista), de Febo (un soldado), y del Juez Frollo, el siniestro villano ávido en desterrar o destruir a los gitanos que encarnan el vicio y la maldad, la escoria que ensucia las calles de París.

El Jorobado de Notre Dame

En una escena, Febo intercede por Esmeralda en la Iglesia de Notre Dame cuando el  Juez Frollo de pronto aparece y amenaza con llevársela, Febo clama asilo por ella adentro del edificio así que ni el juez ni nadie puede tocarla por las leyes por las que se rige la Iglesia, mientras se mantenga adentro. Esa escena contiene una de las más desgarradoras y conmovedoras piezas que tenga en su haber Disney, es el ruego de los desamparados, de los marginados, de los pordioseros, es un momento íntimo, místico (debido a que finalmente se están intentando comunicarse con Dios), profundo, un anhelo existencial de amar y saberse amados, de sobrevivir, de progresar, de ser reconocidos como personas; los marginados también son hijos de Dios y merecen ser escuchados, merecen ser escuchadas sus historias, algunas increíbles otras quizás demoledoras. Si bien el contexto de esta película es la Francia del siglo XIX, la esencia de esta escena puede ser aplicable en cualquier época, incluyendo la actual ya que la marginalidad y la pobreza continúa siendo un problema hasta nuestros días.

 

Estos marginados muchas veces pasan desapercibidos por la gente que pasa rápido a su lado, apurados por vivir sus vidas, como se mencionó anteriormente. Pero en ocasiones ocurre algo curioso, sobre todo es un suceso que se puede apreciar en ciudades pequeñas, estas personas se vuelven en cierta forma personajes entrañables o característicos de un lugar en particular, pasan a formar parte de la geografía urbana habitual, hasta llegamos a desarrollar cierta simpatía (o empatía) con ellos e incluso una estima o cariño, ya sea que se les vea todos los días deambulando por las calles, platicando o discutiendo con alguien que, por lo menos para nosotros, no está ahí; sentado en las bancas de un parque alimentando a unos pájaros, o dormitando (o de plano dormido acostado en una de las bancas); acostado bajo un árbol con sus fieles perros, con su «Tonayán» en la mano mientras flota sobre las suaves nubes de alcohol; afuera de algún café escribiendo tratados filosóficos trascendentales que nosotros quizás pobremente podríamos interpretar como garabatos; afuera de una tienda con su guitarra y con una muñeca que dice ser su «esposo». Cada uno de ellos tiene una historia que contar, resulta a veces fascinante el ejercicio de preguntarse ¿cómo habrá sido su vida antes? o ¿cómo habrán llegado a esas circunstancias?, su realidad subjetiva y específica, las respuestas a estas preguntas muchas veces pueden llegar a sorprendernos.

 

El director británico Nicholas Hytner (The Madness of King George, 1994; The Crucible, 1996; The History Boys, 2006) pone en escena una aproximación de estas interrogantes, sobre una de esas tantas historias «vagabundas», con una excepcional dignidad en su película The Lady in the Van (2015), protagonizada por Alex Jennings, y por una de las más grandes actrices del cine británico, Dame Maggie Smith (recordada recientemente por su papel de la Condesa de Grantham en la famosa serie Downton Abbey o por el personaje de Minerva McGonagall en la saga de Harry Potter). Una historia que no podía ser extraída de ningún otro lugar más que de la vida real, ficcionalizada por supuesto.

Mary Shepherd (Dame Smith) es una mujer desagradable; es una señora vieja, sucia, malagradecida, gruñona, egoísta, irónica (con ese fino humor, muy británico, de la actriz), muy devota de Dios, supersticiosa, parlanchina, entrometida y orgullosa, la cual mendiga (casi exige) la atención y los favores de gente extraña como si fuera responsabilidad de ellos el ayudarla o como si fuera ella en realidad quien les estuviera haciendo el favor a ellos, que no tiene nada más ni a nadie más en el mundo; todas sus propiedades las tiene en una vieja vagoneta Bedford, donde ella vive y va «mudándose» o rotando, de una calle a otra por el vecindario, en el barrio londinense de Camden en los setentas.

Maggie Smith. The Lady in the Van (IMDb)

La gente del barrio, que genéricamente la conoce como «la mujer de la vagoneta«, la ven con cierta lástima y bondad,  aparentemente movidos por la compasión le regalan comida y cosas (y con ello alivian la culpa absuelta de «ayudar al prójimo» para limpiar sus consciencias), la toleran como a una vecina incómoda y la dejan estacionar frente a sus casas, aunque poco hacen para ayudarla en realidad, por mejorar su estilo de vida o preocuparse genuinamente por ella; en algún punto llegan a considerar el ingresarla a un asilo o algún lugar donde puedan cuidarla, pero no lo hacen por una auténtica preocupación (tratando de conocerla o de comprender sus circunstancias) sino para que deje de ser un estorbo para la comunidad o porque consideran que ahí estará «mejor cuidada», cosa que por supuesto a la señora Shepherd no le parece.

Alex Jennings. The Lady in the Van (IMDb)

Hasta que un día, por azares del destino, termina forjando una relación inusual con Alan Bennet (Alex Jennings)  un tímido dramaturgo y actor, demasiado amable para decir lo que realmente siente, al establecerse la señora casi afuera de su casa,   posteriormente se ve forzado a recibirla «de buena voluntad», más bien a regañadientes, y le permite estacionarse en su entrada por tres o cuatro meses, aunque termina quedándose mucho más tiempo que eso; Alan Bennet termina siendo su cuidador y único amigo en el mundo, bajo la constante supervisión de trabajadores de Asistencia Social.

En este sentido, así como las ciudades integran individuos para que interactúen entre sí, también los vomita, los margina, los aparta, a veces incuso los invisibiliza o despersonaliza, como si no estuvieran ahí o como si el resto de la gente se negara a verlos, aunque eso no logra hacer que dejen de estar o de ser personas.

En la pelicula, Alan Bennet en un principio no establece más comunicación con ella más allá de los «buenos días/tardes/noches», sin embargo conforme va transcurriendo el tiempo, y la señora Shepherd va entrometiéndose en la vida de Alan, van formando un lazo más profundo, así mismo el espectador va conociendo un poco más sobre la vida íntima del escritor, sobre la complicada relación  con su madre (con la que realiza una especie de espejismo redentor con la señora Shepherd) un poco sobre su vida amorosa y de su relación e interacción con las demás personas del vecindario.

Alan-Bennett-1717291081-1551672307951.pngAlan posee una suerte de desdoblamiento, dos personalidades reflejadas en la pantalla, como una especie de alter ego, algo similar a lo que sucede en la película norteamericana Adaptation (2002) de Spike Jonze, con Nicolas Cage interpretando al escritor Charlie Kaufman y a su alter ego; su hermano gemelo Donald. Por un lado está la personalidad figurada, objetiva, observadora, y reservada de Alan como escritor de sus obras, perpetuamente sentado frente a su escritorio, viendo desde la distancia con condescendencia y cierto asco, la vida de esta mujer, pero sin involucrarse demasiado y negándose a ceder a la tentación de escribir una historia sobre ella, por el otro lado la personalidad real de él que tiene que lidiar todos los días con la realidad de la señora Shepherd.

the-lady-in-the-van_still1.pngSin embargo, Alan conoce muy poco, casi nada sobre el obscuro secreto de la señora Shepherd que la persigue y atormenta,  tiene recuerdos y remordimientos de los cuales no puede escapar, ella no le permite saber mucho sobre su vida ya que siempre que lo intenta evade el tema o se retrae, y él por su parte aprende a respetar su espacio personal;  solo algunas pistas como su reacción visceral ante la música, sus fuertes convicciones religiosas, van armando poco a poco el rompecabezas de su vida, pero ante cada respuesta que logra dar una mínima luz sobre el pasado de esta excéntrica mujer, surgen más preguntas, como ¿por qué vive de incógnito en las calles viajando de un lugar a otro? o ¿por qué su vagoneta tiene una extraña fisura en su parabrisas?, poco a poco Alan va aprendiendo sobre ella por medio de los relatos que los vecinos le cuentan sobre la mujer y va desengranando las pistas sobre su misteriosa vida que resulta ser tan trágica como fascinante.

La voz constante del narrador, es decir el Alan escritor, sin quererlo va haciendo de Mary el objeto de su proceso creativo, es el ojo que documenta con cierta dignidad y bella sencillez los complejos bordes de la personalidad de esta mujer:

«La silla se eleva con un ascensor. Y en ese pequeño ascenso, cuando ella se eleva por encima del muro del jardín, tiene cierta nobleza de vagabunda. Parece un Premio Nobel descuidado con su cara sucia esbozando una especie de satisfacción resignada.

Mary: – ¿Podemos volver a hacer eso? Quisiera volver a subir»

 

Las preguntas que se plantearon anteriormente sobre cómo habrá sido su vida o cómo habrá llegado a ese punto, nunca otorgan respuestas sencillas, y en el caso de una mujer tan educada y prodigiosa como «Mary Shepherd» su vida estuvo llena de decisiones duras, momentos difíciles que la condujeron a esas encrucijadas, víctima de sus circunstancias, de sus remordimientos e ignorancia, al igual que de la gente que la rodeaba incluso más que sus propios actos. La comprometida y desgarradora actuación de Smith logra generar todo un complejo abanico de emociones en el espectador (desde el asco, el desagrado, la carcajada hasta la ternura), quién no puede hacer otra cosa más que sentir empatía por tan peculiar personaje y sentirse atrapado o compadecido por ella; la actuación le valió cuatro nominaciones, entre ellas en los BAFTA y en los Golden Globe como mejor actriz, ganó una de ellas en los Evening Standard British Film Awards. La película logra un sólido equilibrio entre lo cómico y lo trágico gracias a las actuaciones tanto de Smith como de Jennings generando un efecto francamente conmovedor en el espectador.

En definitiva, es una película extraordinaria que merece ser vista y quizás después de verla cambie un poco la perspectiva sobre esa gente que nos rodea y que muchas veces no vemos pero cuyas historias algunas veces superan cualquier ficción.

Para quien desee ver la película, se encuentra disponible en la plataforma de streaming, Netflix.

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